Ay, Miguel…

Soy la profe de inglés de Miguel desde que tenía 3 añitos, y ya tiene 5. Miguel fue un niño muy tímido al principio, pero de un año hacia aquí ha madurado mucho y se ha dejado la vergüenza en casa. Pregunta todo lo que le viene a la cabeza, y además suelen ser preguntas que dan bastante juego. Se las respondo en inglés y está ya muy acostumbrado a hacer hipótesis sobre su significado a partir de la información de que dispone. Le gusta venir a mi clase, se ríe mucho, y tiene la confianza suficiente para decir cuándo le gusta una actividad y cuándo le parece un rollo, aunque siempre con delicadeza. Y es tan maduro que habla casi como una persona mayor, de hecho siempre pienso que parece un abuelito :)

Os cuento todo esto para poneros en situación, porque el otro día pasó una cosilla en clase de la que me apetece escribir, porque está entre lo precioso y lo triste, una sensación agridulce.

Ya nos estábamos preparando para salir de clase, se estaban poniendo las chaquetas y Miguel se me acercó para decirme:

  • Estela, mi madre dice que el año que viene tú no vas a ser mi profe. Eso no es así, ¿verdad?

Yo sabía que no le iba a gustar la respuesta, así que intenté acercarme a él para acariciarle, cogerle la mano o tocarle la carita o algo así mientras le respondía, pero probablemente ya se imaginaba la respuesta porque no quiso acercarse:

  • Tu mamá tiene razón, cariño. El curso que viene tú ya serás muy mayor, así que irás a la clase de los mayores, pasarás a primaria, y yo me quedaré con los pequeñajos… pero nos veremos siempre que vengas.

Entonces Miguel ya no sabía cómo reaccionar. Sus peores sospechas se habían confirmado y ya no sabía qué hacer: iba hacia la puerta, luego daba media vuelta e iba hacia la ventana… y varias veces lo mismo, pero siempre con la cabeza en alto y la carita en posición horizontal para que no se notara que se le caían las lágrimas. Hablaba como con un nudo en la garganta, y sin saber muy bien qué decir:

  • Pues vaya, yo esperaba que siguiéramos en la misma clase… como siempre… pero parece que no… pues nada, me voy a la fila…
  • Miguel, cariño, no pasa nada por estar triste y llorar un poquito. Si yo lo pienso también me pongo muy triste porque me gusta mucho que vengas a mi clase.

Miguel seguía con la cabeza exageradamente alta…

  • ¿Llorar? ¡Pero si yo no estoy llorando!

Salimos de clase y se fue corriendo con su mamá. La abrazó muy fuerte y se marcharon juntos.

Ay, Miguel, si tú supieras que tendré esa imagen tuya grabada en la memoria durante mucho tiempo…

Ay, Miguel, si tú supieras que seguramente los primeros días del curso que viene vendrás con muchas ganas de saludarme y que te diga alguna chorradita que te haga reír, pero que poquito a poco estarás tan a gusto en tu clase de primaria que ya no me necesitarás para nada…

Ay, Miguel, si tú supieras que te harás mayor, ya prácticamente ni te acordarás de mí, y yo seguiré recordando ese entusiasmo y esa manera de hablar de abuelete que te gastas.

Ay, Miguel, si tú supieras que entonces la que te echará de menos seré yo…

Ay, Miguel, si tú supieras…

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3 pensamientos en “Ay, Miguel…

  1. Que bonitas palabras! Me acuerdo de mis maestras de primaria, como me encariñaba con ellas y no quería despedirme al final del curso, pero cada año traía algo nuevo y bueno! Vale la pena avanzar y cambiar de maestros 😁, cada uno tiene lo suyo!

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