Tu alumnado necesita salir a jugar al patio aunque haga mal tiempo, y lo sabes

Como algunos sabréis, actualmente y de momento estoy viviendo en Alemania, y esta semana he estado sustituyendo algunas horas en un kindergarten.

Se trata de una especie de asociación de padres con familias bilingües alemán – español, así que he tenido el privilegio de trabajar en mi lengua, algo que hasta ahora no ocurría, aunque aun así he llevado un cacao impresionante de idiomas, entre castellano, inglés y alemán 😅

La cuestión es que os quería contar hoy una de las diferencias más grandes que veo con este sistema, que es nada mas y nada menos que salir al exterior.

Esta escuela se encuentra en un edificio como otro cualquiera dentro de la ciudad, así que carece completamente de patio. ¿Significa esto que los niños y niñas se quedan todas las horas dentro? Para nada, y de hecho los alemanes parecen plenamente conscientes de la importancia de jugar al aire libre y de la necesidad de movimiento que tienen todos los niños y niñas, y tratan de satisfacer esa necesidad todos los días del curso.

Espera un momento… ¿todos? ¿Incluso cuando hace mucho frío? ¿Incluso cuando llueve? Veo todas esas preguntas y subo a “incluso cuando nieva“.

Y como digo, no hay patio que dé justo a la puerta de clase, sino que tienen que ir al parque más cercano en una miniexcursión diaria. De hecho, hay dos parques cercanos, y uno de ellos sólo requiere cruzar un par de calles pequeñas, pero el otro implica cruzar una calle principal con 3 carriles a cada lado, y lo hacen sin ningún problema. En España tenemos que pedir autorización hasta para ir a por el balón que ha caído al otro lado de la valla…

Esta semana ha hecho mucho frío aquí, y además no ha parado de nevar (nivel que te cueste andar por la calle aunque las limpien todos los días de nieve, en los jardines se acumula ya por encima de la rodilla), pero eso no les ha parecido una excusa lo suficientemente importante como para privar a su alumnado de salir al exterior durante un buen rato cada día.

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Mi calle por la mañana.

Obviamente, para ello necesitan no sólo traer de casa ropa especial, sino sobre todo dedicar tiempo a cambiarse de ropa cada vez que quieren salir. ¿Te imaginas que cada niño o niña tenga que cambiarse de calzado (porque de hecho dentro usan zapatillas de casa), y ponerse unos pantalones de lluvia/nieve y un chaquetón impermeable cuando no es directamente un mono de nieve, además de bufanda, gorro, guantes y chaleco reflectante cada vez que salimos al patio? ¿Cuánto tardaríamos? ¿Cuántos zapatos y pantalones tendríamos que poner? Pues no te voy a engañar, no es cuestión de 2 minutos, pero tampoco tardan la barbaridad que creemos y sobre todo son más autónomos en cuestión de cambiarse de ropa de lo que cabría esperar. En 3-6 ayudo un poco a los más pequeños y cierro cremalleras cuando se les atascan, pero nada más. Qué curioso… a lo mejor tiene que ver con que lo practican a diario…

Y todavía no he vivido la experiencia de acompañarles con lluvia, pero hacerlo con nieve me ha encantado. No creas que es porque son extraformales y caminan por la calle como a los adultos nos gustaría, la nieve representa una distracción muy grande y van por la calle tocándola, pateando las zonas donde se acumula, tirándose bolas entre ellos… es muy difícil conseguir que miren por dónde van en general, pero a cambio tienen la oportunidad de jugar con ella al llegar al parque, y eso representa muchísimas oportunidades de diversión y aprendizaje que no tendrían si al ver la nieve las educadoras decidieran que les toca quedarse dentro del edificio.

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Ir por esta calle con la nueve acumulada a los lados y con el espacio reducido, no es fácil.

Lo primero que hacen todos es llevársela a la boca. Es algo que me ha sorprendido por la universalidad del gesto: lo hacen absolutamente todos y todas, independientemente de la edad (al menos entre 1 y 6 años). Y además no sólo lo hacen una vez, sino que, como se suele decir, “quien prueba, repite”, y además en numerosas ocasiones. Ya les puedes decir por activa y por pasiva que está sucia, que no saben si ha hecho pis un perro justo ahí, que es como si lamieran el suelo por donde pisan… da igual, porque es una necesidad tan fuerte que ni siquiera se van a intentar esconder la próxima vez. La semana anterior llevaron un bol de nieve a clase, dejaron que se derritiera y vieron que el agua que la formaba estaba sucia, pero ni por esas. Y es totalmente comprensible, pues al fin y al cabo la nieve es tan especial para todos los sentidos que… ¿por qué iba a ser el del gusto menos que los demás?

Hacen muñecos de nieve de manera totalmente espontánea y cooperativa. Y los vuelven a hacer pero esta vez usan más hielo y no les queda igual, se les rompe. ¿Por qué será?

 

Prueban no solo el gusto sino su temperatura, su dureza, cómo se derrite en sus manos. En ocasiones la capa de nieve es tan gruesa que les cuesta mucho andar y se resbalan. Ni el mejor circuito de psico igualaría este ejercicio. Se tiran por una cuesta helada y experimentan que algunas partes resbalan más que otras, que si se tiran “a pelo” van mucho menos veloces que si usan una pieza de plástico que usan a modo de trineo.

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Acabamos de llegar y van directo a tirarse por la pequeña cuesta que antecede al campo de fútbol. Luego probarán otras y encontrarán las mejores.

Se cansan de subir, lanzarse, y volver a subir, de manera que cada vez les cuesta mucho más esfuerzo volver arriba (y lo siguen haciendo porque quieren, nadie les va a dar un premio al llegar a la cima), pero entonces empiezan también a ayudarse entre ellos, e incluso a jugar a colgarse los unos de los otros para ver si el que está arriba puede subirlos a todos tirando de ellos. Comparten deslizadores cuando algunos los han olvidado en casa, se organizan para tirarse por la mejor colina (una que al estar en curva es más larga y emocionante, con saltito incluido al final) sin pelearse: se les sugiere que pueden hacer una fila y esperar a que esté despejado para tirarse sin molestar a nadie, pero algunos son más lentos que otros porque se quieren tirar en grupo y eso hace que no les moleste que los que van en modo individual se cuelen, y aprenden a esquivar a los que están subiendo, o dónde colocarse para que los atropellen pero sin hacerles daño, porque les gusta esa sensación. Cuando están demasiado cansados buscan caminos alternativos (más sencillos pero mucho más largos) para subir, sin que nadie se lo diga.

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Y sus sentidos se deleitan con caminos como éste.

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O hacen altos en el camino cuando ven algún arbol especialmente interesante.

Cuando se les caen los guantes o el gorro buscan la manera de ponérselo ellos mismos, porque quizá la educadora está en la cima de la colina y no quieren subir con ello en la mano porque necesitan las 4 extremidades para llegar. O quizá está al otro lado del campo de fútbol, con la nieve muy blanda y profunda, y les parece demasiado esfuerzo. Al volver se preguntan por qué están mojados, por qué fulanito tiene los mofletes rojos.

Todo esto se perderían si la decisión inicial hubiera sido negativa. Y muchas otras cosas que se me escaparán, y no serán menos importantes.

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Y, por cierto, al día siguiente no estarán más enfermos que un día normal, porque para ponerse enfermo no se necesitan cambios de temperatura ni frío, sino un agente patológico, como un virus o una bacteria. Lo que sí estarán será más felices por tener su necesidad de movimiento y de jugar al aire libre cubierta, y más todavía sabiendo que al día siguiente, independientemente del tiempo atmosférico, volverán a tener otra oportunidad.

Hablo de hijos e hijas de padres y madres españoles (sin haberlo vivido así toda la vida) en una escuela subvencionada por la ciudad (y por tanto probablemente de presupuesto justito), pero han aceptado de buen grado la situación porque las educadoras saben que es lo mejor para sus hijos, y no les ha supuesto la ruina dejar en la kinder unas botas y un mono preparados para el frío. Que ya me veo venir estas objeciones…

Ya me lo había contado Miriam de Desde Aquí Arriba, maestra afincada y trabajando en un barnehage de Noruega, que lucha por que esta costumbre se instaure también en España, pero ahora al verlo en vivo y en directo lo tengo todavía más claro. Así que me uno a su lucha.

¿Cuál es tu excusa?

Si os digo la verdad, yo creo que la excusa principal son las familias, pero ya habéis visto que no tienen por qué ser un problema. ¿Has probado a planteárselo adecuadamente, a convencerles? Quizás no lo hayas hecho por… ¿comodidad, tal vez? Pues yo lo tengo claro, en mi balanza las necesidades de mi alumnado pesan muchísimo más que mi propia comodidad, y quiero pensar que para ti también es así.

La otra gran excusa será la ratio. Pero venga, no cojas la salida fácil. Además de que no es lo mismo irse a un parque cercano que salir al patio, ¿quiere eso decir que si la ratio bajara saldrías al patio aunque hiciera mal tiempo? Cuidado, porque esto tiene que ocurrir en algún momento… pero todavía puedo rascar un poco más: ¿significa eso que si recibieras ayuda en ese momento del día lo harías? Porque puede que, si lo propones y les cuentas las grandes ventajas para el desarrollo infantil que tiene esta medida, algún familiar podría salir voluntario para ayudarte… total, no todos los días llueve ni nieva. 😜

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Hasta ahora desconocía el placer de ponerse la botas calentitas directas desde el radiador…

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